Pensamientos sobre ministerio transcultural y soberanía

Entonces les dijo: «Por eso dije que nadie puede venir a mí a menos que el Padre me lo entregue» (Juan 6:65 NTV)

Definitivamente nuestra orientación teológica determinará la manera en la cual haremos misión. Es menester entender que Dios es soberano en la obra transcultural, la frase tradicional: “ganar almas para Cristo” sugiere o recomienda dejar de lado el impacto holístico del evangelio en las personas, sociedades y culturas. Pero no solo sugiere un divorcio forzado con las necesidades integrales del ser humano, sino que también sugiere un protagonismo mesiánico del hombre que porta el mensaje de salvación, como que si la respuesta de los hombres al evangelio dependiera del poder persuasivo de los predicadores.

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Podemos entonces enfrentarnos a dos líneas o rutas de evangelización, la primera tiene como protagonista al “portador del mensaje”, tal portador del mensaje lleva en su mente la idea de ganar almas para Cristo, usando los métodos y las estrategias más innovadoras del momento. En este contexto hay que ser muy apegados a los voluminosos manuales sobre evangelismo E-3, en el supuesto de que los resultados serán notorios en tiempo record. Bajo esta línea de pensamiento, Dios viene a ser esclavo del espíritu impetuoso del predicador, quien no estará satisfecho hasta que los recipientes del mensaje repitan la oración del pecador. Ya con la oración repetida será suficiente para empezar a enamorar al público con las estadísticas de alcance masivo de “almas ganadas para Cristo”. De no haber almas ganadas o reportadas a las entidades enviadoras, el impacto financiero puede resultar desastroso ya que las iglesias enviadoras interpretarán como un gran fracaso la ausencia de reportes de conversiones frecuentes y dejarán de enviar sus ofrendas.

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Por otra parte, existe otra línea de pensamiento en cuanto a la obra evangelizadora. En tal enfoque o forma de pensar, Dios es tomado en cuenta verdaderamente como el Señor y el protagonista de todo el quehacer misional y el portador del mensaje se convierte justamente en el esclavo que ha respondido al llamado en obediencia. En este contexto el panorama cambia de manera radical, primero porque entendemos y confiamos en la soberanía de Dios en la tarea de evangelización, segundo porque sabemos que la respuesta al evangelio en el corazón de los individuos depende exclusivamente del poder de la “PALABRA Y DEL ESPÍRITU SANTO” y no del poder persuasivo o académico del portador del mensaje. Por lo tanto la tarea del evangelizador es la de proclamar la verdad de Dios, creyendo que habrán personas que recibirán el mensaje, en otras palabras la labor se orienta más en encontrar a aquellos a quienes les será concedido el don de la fe para la salvación. Bajo este pensamiento, las estadísticas de conversiones forzadas, inventadas o exageradas quedarán en un segundo plano ya que lo más importante será la obediencia a lo que Dios nos ha llamado a hacer. Al final de la jornada misional, el mayor milagro no será el número de personas que hayamos “ganado”, “reclutado” o “conquistado” para Cristo, si no que será el acto nuestro de haber obedecido y confiado en su soberanía en la evangelización. Pablo entendía perfectamente el concepto de soberanía en el contexto de la labor misionera. El ministraba la palabra en las ciudades, creyendo y confiando en que Dios tenía personas a quien salvar y ante las cuales su responsabilidad era presentarles el evangelio.

“Pues yo estoy contigo, y nadie te atacará ni te hará daño, porque mucha gente de esta ciudad me pertenece” (Hechos 18:10 NTV)

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Las empresas pseudo-cristianas se mueven y se satisfacen estrictamente por números y estadísticas, la iglesia de Cristo se mueve por obediencia y por la búsqueda de la gloria de Dios. ¿Necesitamos evangelizar? Por supuesto que sí, es más necesitamos que nuestra iglesia se convierta en una empresa de evangelización mundial, no descuidando el evangelismo en ninguno de los contextos domésticos o foráneos. Necesitamos proclamar a Cristo urgentemente ya que esto vivifica a la iglesia y nos da un sentido real de existencia como cuerpo de Cristo. Nuestro Señor nos encomendó anunciar las buenas noticias de salvación a las naciones, ¿Estamos haciéndolo? ¿Estamos obedeciendo al mandato y confiando en su soberanía en la evangelización?

“El fin del mundo llegará cuando las buenas noticias del reino de Dios sean anunciadas en toda la tierra, y todo el mundo las haya escuchado” (Mat.24:14 TLA)

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