¡Por fin, un hogar!

“Si Dios no construye la casa,
de nada sirve que se esfuercen
los constructores” (Salmo 127:1 TLA)

 

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Disfrutando con la mejor compañia

¡Vaya que esto no es tan fácil o sencillo como pensábamos! Luego de 20 meses de vida familiar entre altos y bajos, entre éxitos y errores cometidos estamos empezando a ver la luz en cuanto a la estabilidad de la vida de hogar. Hemos cambiado de hogar durante 10 ocasiones, muchas de ellas han sido circunstanciales y otras han sido por el deseo innato familiar de tener privacidad y un poco de paz. Hemos vivido en la simpleza y comodidad de una casa de huéspedes de la capital, hemos vivido en un apartamento compartido con otros hermanos y hemos vivido en un apartamento prestado, o como dirían en mi país, “de arrimados”. Pero en fin, todo ha sido un interactuar con personas, descubrir nuestras limitantes y profundizar en la exploración de distintos hábitos culturales de las personas con las que hemos compartido un techo.

***

Nos hemos cansado de andar cargando maletas de arriba para abajo, pero esto nos ha llevado a concluir que en esencia nuestra vida es como una maleta. Después de 20 meses de intensa búsqueda hemos encontrado un nuevo lugar para hacer hogar y por fin tratar de estabilizarnos como familia. La nena ha resentido esto más que nosotros, mayormente por que ha tenido que distanciarse de sus amiguitas, en el último cambio de casa se fue despedir de su amiguita por última vez al viejo apartamento, al llegar a casa la invitó a conocer al Maestro y la dirigió a repetir una pequeña plegaria. La amiguita lo hizo muy abiertamente y luego la nena alabó al creador con un cantico nuevo arropado de doctrina. ¡Increíble, lo que Dios está haciendo en el corazón de la pequeña! El otro día, al despertar por la mañana la pequeña vino a nosotros con un brillo notable en sus ojitos y nos dijo: “Papi he soñado con el Maestro y una rosa”. Definitivamente Dios trabaja en nuestros hijos cuando los ponemos en sus manos, ellos también son parte esencial del llamado a la vida discipular.

***

No olvidemos por lo tanto que nuestra vida ministerial es como una maleta cargada en los hombros de un largo viaje, a medida que avanzamos vamos viendo la luz y el fruto de la semilla que ha sido plantada por otros obreros. Esto es lo emocionante del trabajo en misión, unos siembran, otros riegan y otros recogen la cosecha, por lo tanto debemos de ser diligentes en encontrar nuestro lugar para ser productivos en su Reino y obedecerlo ya que el crecimiento de ese fruto únicamente puede ser producido por el ENVIADOR. A él sea la gloria por todo lo que en su gracia nos permite realizar. ¡Adelante sin desmayar!

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