La estatua miserable

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¿Para quién vivimos?

Reflexionar sobre la existencia humana puede que sea un ejercicio cerebral complejo, lo mejor para muchos es no pensar al respecto y por lo tanto fundir sus vidas en el vaivén de lo que muchos llaman el destino, es mejor no pensar en ¿Quiénes somos?, ¿Por qué existimos?, ¿Para dónde vamos? o ¿Para quién vivimos? La última pregunta ha rebotado en mi cabeza en los últimos dos años, debo de admitir que tal interrogante me ha generado tristeza y esperanza a la vez. La tristeza es producto de la convivencia diaria con un monstruo llamado egoísmo; el egoísmo es el desgraciado vicio de todos los seres humanos a quienes los embriaga y los doblega en la miseria. Conozco a muchos que endiosados en sí mismos construyeron su vida alrededor se su propia estatua y se olvidaron que la vida era algo más que vivir para sí mismos.

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¡Qué vida más aburrida!

He pensado que hay una vida que se vive de forma tan aburrida y llena de simpleza, me refiero a esa vida sin propósito, sin metas claras, sin un norte o una línea trazada. Muchos de los que pertenecen a este rango de vida aburrida mueren siendo muy jóvenes, hundidos en las bagatelas que este mundo cruel ofrece gratuitamente. Muchos de esos jóvenes seguramente son el resultado de circunstancias que nunca esperaron tener, llámense éstas familias disfuncionales, pobreza, injusticia o exclusión social, estos jóvenes quizás no son estrictamente culpables en sí mismos, son el producto de una sociedad miserable que los ha parido en la más cruenta oscuridad, de allí que muchos se gradúan de delincuentes, pandilleros, drogadictos, huele pega, homosexuales o personas que sencillamente existen para ocupar un espacio en la tierra o para alterar los parámetros morales de la convivencia humana. Este tipo de vida con un propósito o visión equivocadas creo que es nociva para el bien común, mas allá por su puesto de lo que cada persona decida hacer con sus días. Mi madre siempre nos decía: “cada quien es libre de hacer lo que le de la santa gana”

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La estatua miserable

Puede que haya una vida aburrida y cuyo destino nunca terminará bien, pero también existe una vida que para mí es más mortal, es aquella cuya meta final es la construcción de una estatua al “Yo”, tal modus vivendi se traza en la siguiente visión, la estatua miserable dice: “estudiaré fuerte, una, dos o más carreras, luego ganaré mucho dinero, tendré un buen nombre, cumpliré mis sueños, mis metas, mis planes personales, luego haré lo que siempre soñé hacer, me esforzaré entre desvelos y llanto hasta alcanzar mis objetivos y sentir la brisa del éxito rozando mi rostro, finalmente diré: ¡Lo hice! ¡Lo alcancé!”. ¿Es esta aspiración natural del todo negativa? ¿Qué hay de malo en buscar superación personal basada en nuestro propio esfuerzo y recursos? Si tenemos la oportunidad, los recursos y un buen cerebro, ¿Qué hay de malo en querer cambiar nuestra historia y tratar de ser alguien en la vida?

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Una genética de rebeldía

Pues bien trataré de hacer una pequeña reflexión en este punto, tal aspiración de la estatua miserable basada en la búsqueda de la satisfacción personal, simplemente es natural, es producto de nuestra genética, cada ser humano al nacer irrumpe en el mundo con el deseo voraz de hacer su propia voluntad. Tengo muchos amigos muy bien intencionados que desgastaron sus mejores años para sacarle brillo a la estatua miserable, se arrojaron a la vida académica, alcanzaron un buen nombre, obtuvieron un buen estatus social y dejaron su huella en el cantón de donde salieron, hay que aplaudirles por su puesto, pero también hay que valorar muchas otras cosas, ¿Acaso lo más importante en la vida es alcanzar nuestros propios objetivos? ¿Cumplir nuestros propios deseos?, pienso que no, eso sería hacer un reduccionismo de nuestro sentido de existencia viendo la vida desde una perspectiva puramente terrenal y simplista.

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¿Es suficiente alcanzarlo todo?

El mundo está lleno de personas que humanamente han logrado tener todo lo que un día soñaron o se propusieron, pero internamente viven inmersos en un vacío asfixiante, es una suerte de laberinto en donde la retórica filosófica emerge y las neuronas se activan, muchos se dan cuenta de que lo tienen todo pero sienten que a la vez no tienen nada, es como vivir en una constante contradicción acerca de la filosofía de la vida, siempre la estatua infame se dirá así misma “lo tengo todo, pero hay algo que me falta”. Dinero, buen nombre, buen estatus, logros académicos, metas cumplidas, comodidades ¿Acaso es el todo del hombre? ¿Acaso es lo que determina la felicidad como un estado permanente en el peregrinaje de la vida? ¿En dónde se pierden los seres humanos, quienes al alcanzarlo todo terminan alcanzando nada? Infelices aquellos mis amigos que un día encontraron a Dios y se perdieron en la ruta maldita de la estatua miserable, quizás el razonamiento más lógico es que quizás nunca lo encontraron o mejor dicho nunca fueron encontrados por El.

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Una llave maestra

La vida no es sólo una tarea de realización personal con humos de prepotencia; pero bien y entonces ¿Cómo encontramos esa pieza que le da equilibrio a nuestro estado de existencia? ¿Para quién vivimos? La respuesta es sencilla y simple, esa pieza que asegura el engranaje perfecto de todas las piezas del motor se llama “voluntad perfecta de Dios” aquel que encuentra la voluntad perfecta de Dios lo ha encontrado todo, la vida como consecuencia será vivida para su gloria; todos nuestros más profundos anhelos y nuestras más recónditas motivaciones serán redireccionadas hacia el impacto eterno de las cosas; un día estaremos con la boca helada y nuestro cuerpo templado en el hielo oscuro de un féretro y ¿Qué si nuestra vida fue vivida para la estatua miserable y no para la gloria de Dios? ¡Que desgracia más grande! ¡Que desperdicio de vida! ¡Que horrendo crimen habremos cometido!, una vida miserable que se endiosó y dejó de lado la emocionante y placentera aventura de caminar en la voluntad perfecta del creador.

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Rendición completa

Encontrar el camino hacia la voluntad perfecta de Dios empieza con el sometimiento de nuestra vida al señorío de Cristo, de allí que a muchos les sentará mal esta lectura, porque dirán ¿Por qué me hablas de religión? Mi respuesta para ellos es simple, “Jesús dijo: Yo (y nadie más) soy el camino, la verdad y la vida”, esta no es una premisa religiosa de gaveta vieja es una verdad absoluta, la verdadera vida se vive bajo el fundamento de las verdades absolutas, no existe por lo tanto otro camino para encontrarnos a nosotros mismos y conocer el verdadero propósito para el cual hemos sido creados como seres humanos, todo empieza con Cristo y termina en El, ¿Por qué muchos cristianos fracasan y se pierden en el camino? ¿Por qué a veces la gente que no es cristiana tiene mucho más éxito que los cristianos? Simple, según mi opinión es que muchos de los llamados cristianos viven en un espejismo de religiosidad, se dan golpes en el pecho durante la semana pero viven una vida alejada de los mandamientos de Dios, ese es el problema de fondo, que muchos aun habiendo abrazado la fe en el hijo de Dios continúan adorando a la estatua miserable y siguen construyendo su vida en base a la exaltación del “Yo”

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Un cambio de dirección

Cuando nuestra vida está rendida al señorío de Cristo entonces somos capaces de ver la vida desde una perspectiva eterna, pero ojo, esto no significa que únicamente viviremos enfocados en el cielo como muchos hacen, conozco muchos que se olvidan que son seres terrenales e imperfectos y tratan de vivir su vida dentro de una burbuja de hipocresía y falsedad religiosa, tratan de dirigir su vida bajo una lista estricta de normas y dogmas, anulando y subestimando así el poder de la gracia de Dios. Pero, ¿Qué significa un cambio de dirección? Pues considero que cuando estamos en el camino de la voluntad perfecta de Dios, todo alrededor de nuestra vida tendrá un impacto directo en lo que nosotros somos y hacemos, por ejemplo nuestras metas, planes, proyectos, objetivos y visión de vida se desarrollarán en función de lo que a Dios le interesa, y en este sentido la Biblia es contundente cuando dice que el deseo de Dios es que los hombres vengan al arrepentimiento, al conocimiento de su nombre; de esta manera podemos concluir que nuestro primer objetivo supremo en esta vida es el de poder conocerle, disfrutarle y poder darlo a conocer con otras personas, es aquí cuando la emoción de la aventura de la vida estalla por completo, en otras palabras existo porque he sido creado por Dios como consecuencia de un plan perfecto concebido en su mente desde antes de la fundación del mundo, luego por consiguiente debo de invertir mi vida en profundizar en su conocimiento y deleitarme en él, al descubrir ese preciado tesoro del conocimiento de su nombre pues la vida no podría ser tan emocionante que vivirla para que otros puedan tener la oportunidad de ver su imagen reflejada a través de nosotros. Existimos para ser puentes, instrumentos, canales, herramientas de transformación de este mundo podrido, voceros de esperanza, pregoneros de justicia. ¡Esto es verdaderamente emocionante!

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Todos mis recursos

Bajo este enfoque de la rendición total llegamos a la sublime conclusión de que él es el dueño y el soberano de la creación y que todo lo que nosotros tenemos no es más que un préstamo por su gracia, con la responsabilidad de ser buenos mayordomos o administradores, bajo este punto de vista nuestros recursos materiales y económicos ya no deberían de ser usados para construir nuestro pequeño imperio terrenal o para sentirnos bien o realizados, sino más bien deberían ser usados para la extensión del Reino de Dios en la tierra, es decir ¿Cómo puedo usar mis recursos para que otras personas encuentren esperanza en medio del dolor? ¿Cómo puedo invertir mi vida, mi preparación académica para los intereses eternos y el beneficio de los pobres? ¿Cómo puedo convertirme en un portador de esperanza sin necesariamente tener un título de teología o de un seminario bíblico?

Al comprender por lo tanto que nuestra rendición total nos debe de llevar a entregarlo todo tenemos que hacer los ajustes necesarios para poder caminar en el centro de su voluntad. ¿Seguiremos entonces viviendo para la estatua miserable de nuestro propio “Yo” o intentaremos vivir para la gloria de Dios y sus intereses?

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