EL CALOR DE SU LLAMADO

“Fiel es Dios, quien los ha llamado a tener comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor”

Llegará ese momento cuando nuestras almas y cuerpos estarán fríos y decaídos, la vida no podría ser tan llena de altibajos, tan llena de momentos de extrema felicidad como también de profundo quebranto. Y es así muy real que nuestra naturaleza caída nos demuestra nuestra fragilidad como seres humanos. Somos tan frágiles y vulnerables que nuestro corazón se estruja como una lata vacía cuando sucede algo alrededor de nuestra vida que nos quebranta.

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Pero existe algo más allá de la lógica humana y de la condición del alma quebrantada, algo a lo que llamo “el calor del llamado”. Allí cuando en la más densa obscuridad e incertidumbre, nuestras fuerzas, visión y coraje menguan, surge en las profundidades del alma humana ese calor del llamado de Dios, es una invitación interna que sólo será entendida por aquellos que la experimentan, sin embargo muchos de nosotros en más de alguna ocasión hemos tratado de obviar o ignorar ese calor del llamado de Dios, hemos tratado de ignorar esa voz.

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Es un calor real y tangible, tiene el poder para hacernos resurgir de nuestras cenizas espirituales y darnos un nuevo y pausado aliento  de cara a la carrera que tenemos por delante. Es un calor que se germina en la iniciativa de Dios quien celosamente anhela el Espíritu que ha hecho morar en nosotros. Es decir su iniciativa de amarnos y mostrarnos su calor, su presencia, su plan. Él es siempre quien toma la iniciativa de resucitar el alma destruida por la soledad que produce el pecado.

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Dios nos invita cada día a experimentar el calor de su llamado, Él nos está llamando a un nivel mayor de intimidad con su hijo JESUCRISTO; un lugar donde seamos capaces que desnudar nuestra alma sin ninguna presunción de grandeza o de seres humanos que pretendan  manipular caprichosamente sus designios. Él está tan cerca, a la distancia de un corazón completamente vencido, rendido y quebrantado, tal corazón no será despreciado por Dios.

Las ofrendas a Dios son un espíritu dolido;
¡tú no desprecias, oh Dios, un corazón hecho pedazos! (Salmo 51:17 DHH)

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