¿Qué nos habíamos perdido antes del COVID-19?

 

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Por costumbre  o cultura como servidores de Dios, hemos estado en extremo muy ocupados, corriendo de un lado para otro, predicando, enseñando, preparando mensajes, orando para que Dios respalde lo que nosotros tratamos de emprender para Él;  hemos estado tan afanados atendiendo proyectos ministeriales y personales, le hemos dedicado tiempo abundante a amigos, a personas que nos han buscado para algún tipo de ayuda u orientación y a quienes con muy buena voluntad les hemos respondido echando mano de nuestros dotes de “siervo de Dios y consejeros”. ¿Pero, qué es lo que nos habíamos perdido debido a nuestra rutina habitual ?

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El resultado ha sido que hemos dejado en un segundo plano aquello que verdaderamente tiene significado y que de forma natural debe de constituirse en la esencia de nuestra vida, habíamos dejado de lado conversaciones profundas con nuestro cónyuge sobre planes, sueños y proyectos que un día construimos, habíamos dejado de lado el disfrute de esos momentos sagrados con nuestros hijos, habíamos perdido el hábito de estar en silencio delante de la presencia de Dios para que él hable con suavidad a nuestra alma,  la cual en las últimas semanas no ha sido más que un torbellino de emociones.

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Habíamos dejado en el abandono esos espacios sacros como la meditación, la contemplación en la presencia de Dios, la lectura sencilla de la su palabra, el descanso, el retiro en el mejor templo del mundo que es nuestro hogar y al lado de nuestra familia. Este tiempo que estamos viviendo, debe de aleccionarnos de una manera radical y profunda; ahora es cuando más debemos de reconocer y apreciar el regalo que Dios nos ha dado de estar al lado de nuestros seres a quienes amamos con toda el alma, debe de ser un tiempo para dejar que nuestros pequeños se duerman en nuestro pecho mientras inventamos un cuento o una historia, la mente de ellos es infinita y pueden volar sin temores o complejos.

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Este es un tiempo en donde debemos de reencontrarnos con nosotros mismos para que remendemos heridas antiguas, eliminemos cosas oscuras y toxicas que a veces cohabitan con nuestra falsa moral o nuestra simulada espiritualidad. Este es el tiempo para atender a los nuestros, a esos a quienes nuestras apretadas agendas relegan a un segundo o tercer lugar de importancia. Es un tiempo oportuno para que dejemos de escuchar a otros y nos concentremos intencionalmente en escuchar el corazón de nuestros hijos, de nuestra esposa o esposo.

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Pero también este debe de ser un tiempo  para que busquemos el descanso de nuestra alma al pie de la cruz.  Tenemos la maravillosa oportunidad de reír y llorar con los nuestros, de ser más humanos y reflexionar de manera profunda e intencional sobre el carácter transitorio de la vida, nuestros temores y miedos, esos miedos e incertidumbres  que nos han llevado a altas horas de la madrugada sin poder conciliar el sueño, pero que a la vez nos han empujado a experimentar la gracia de Dios, esa gracia que tiene el poder de sostenernos y ayudarnos  a hacer una pausa, respirar hondo y tomar fuerzas para dar un paso más en este peregrinaje por este  mundo lleno de dolor y sufrimiento. 

Con aprecio

Félix Orellana 

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